¿Se “desmoronó” lo básico? - La incomodidad de la conciencia

Nota editorial

Hace muchos años, cuando estaba en los primeros semestres de la preparatoria, escribí un ensayo sobre la conciencia. En ese momento lo hice desde la teoría, desde lo que se enseña en ética y filosofía moral, sin imaginar que con el tiempo muchas de esas ideas dejarían de ser solo conceptos académicos para convertirse en una inquietud cotidiana.

Tras pensarlo demáciado, retomo ese texto no para corregirlo, sino para dialogar con él desde el presente. No porque la definición de conciencia haya cambiado, sino porque su ejercicio —su escucha, su incomodidad— parece haberse debilitado en la vida social actual.

Este texto es una continuación de el ensayo sobre la conciencia.


imagen que muestra persona meditando, equilibirio y conciencia
Boceto de mi autoria =)
La conciencia y la incomodidad que ya no queremos tolerar

Durante mucho tiempo, la conciencia fue entendida como algo sencillo y tambén, al mismo tiempo, exigente: una voz interna capaz de advertirnos cuando algo no estaba bien, de incomodarnos frente a nuestras propias acciones y de recordarnos que elegir implica asumir consecuencias. No era cómoda, pero era necesaria.

Antes, hasta las abuelas o personas mayores (recuerdo mucho que de pequeña me decian o al menos lo escuchaba más seguido) “¿tu conciencia no te molesta?”. Todo esto implicaba reconocer que existir en sociedad requería pensar más allá del impulso inmediato, más allá del beneficio personal y, sobre todo, más allá del momento presente.

Hoy, la conciencia parece que ya no tiene sentido.

No porque las personas hayan perdido la conciencia, sino porque ya no se les enseñó —o ya no se les exigió— a escucharla ni a tolerar la incomodidad que provoca. En una cultura que prioriza el bienestar inmediato, la validación constante y la evitación del conflicto interno, la conciencia comienza a verse como un obstáculo, no como una guía.

La conciencia siempre ha incomodado.
Incomoda porque confronta. Porque obliga a detenerse. Porque recuerda que toda acción tiene consecuencias.

Y es justamente ahí donde algo esencial se fue diluyendo.

Durante mucho tiempo, la relación entre causa y consecuencia no era solo una idea abstracta: era una experiencia. Alguien —una persona, una estructura, una realidad— sostenía a los individuos frente a las consecuencias el tiempo suficiente para que las comprendieran. No como castigo, sino como aprendizaje.

No todas las personas desarrollan la misma capacidad interna para usar su libre albedrío de forma consciente. Tener la libertad de elegir no significa haber aprendido a elegir bien. Elegir con conciencia requiere reflexión, autocontrol, capacidad de anticipar futuros posibles y, sobre todo, disposición a renunciar. Y eso no aparece automáticamente con la edad.

Por eso vemos algo cada vez más común: adultos que biológicamente crecieron, pero que emocional y éticamente reaccionan como niños. Personas que viven en el instante, que no miran más allá de lo inmediato, que no anticipan consecuencias aunque las tengan enfrente, y que se sorprenden —o se indignan— cuando estas finalmente llegan.

No es siempre ignorancia.
No es siempre mala intención.
Muchas veces es falta de entrenamiento interno.

La conciencia, si no se escucha, se silencia. La responsabilidad, si no se practica, se diluye. Y la libertad, sin reflexión, se convierte en impulsividad.

En este contexto, hablar de límites, estructura o deber, suele interpretarse como falta de empatía. Se confundió comprensión con justificación, y bienestar con comodidad permanente. Pero evitar toda incomodidad no nos hace más humanos; nos vuelve más frágiles.

La verdadera conciencia no busca perfección ni castigo. Busca coherencia. Busca recordarnos que no vivimos solos, que nuestras decisiones no ocurren en el vacío y que pensar antes de actuar sigue siendo un acto profundamente humano.

Tal vez la pregunta que necesitamos recuperar no es quién tiene la razón, sino qué hicimos con esa incomodidad necesaria que forma la conciencia.
Y si todavía estamos dispuestos a escucharla, aun cuando no sea agradable.

Pero dígame, ¿Qué opinan ustedes?

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